27 ene. 2011

clara santafe

LA DESPEDIDA




Ha sucedido en los últimos meses.


He olvidado que soy una bella y buena mujer,

un lingote derretido en las sillas cuando espero.


Será porque cuando vuelvo a la noche de la infancia,

(ahora Caserón Húmedo),

de las paredes sale a recibirme

la bilis horneada de antiguos parientes,

como pulpos de luto.


He olvidado que elegí nacer bajo la tierra

para ser el hallazgo de mi padre

y para elegir yo misma la postura

de mi nacimiento:


el pelo y los dedos

cincelando el suelo,

la cabeza muerta,

la nuca como pararrayos

de los pensamientos ocres.


Será que tras la minucia de orfebre

nadie ve la violencia del molde

en mis venas,

el largo recorrido del desierto

desde el corazón al pincel.


O que el lienzo adhirió a mi espalda,

a cambio de mi sombra,

una broma blanca de brazos y piernas

difícil de confundir con mi silueta.


Bien sé ahora,

que para continuar,

necesito el impulso exacto

de una despedida.


La liberación del trayecto roto.


Despedirme de Qué

o despedirme de Quién,

es lo de menos.


Ya lo dictará este violín

que no deja nunca de sonar

aquí adentro.